domingo, 4 de septiembre de 2011

Cuentos de Amador.

5. Buenaventura.



















La tarde en que Amador regresó de conocer mundo, una lluvia indolente tocaba con sus dedos en todas las ventanas anunciando su llegada.

     En los doce años que tardó en saciar su sed de gente, lugares y aconteceres, la aldea había envejecido casi un siglo. Los caminos se habían cerrado devorados por la voracidad del bosque, mientras las fachadas sucumbían a la carcoma de un tiempo sin reloj. Las cosas estaban más viejas. Sólo la fuente de Segundino permanecía intacta, inmune en su plaza al comején de la vida. Sin embargo, los asuntos de la gente, sus intrigas cotidianas, seguían igual que el día que se fue como si hubieran negociado esperarle. Antes de que el autobús doblara la esquina del roble, la China, desde el puesto de hierbas del mercado, anunció: “El chico vuelve, y no viene solo”.

     El rumor de su vuelta recorrió el pueblo como un vendaval, sacando de su limbo a los borrachines de La Taberna de Bienvenido. En medio de un alboroto de estampida, sillas volteadas y vasos rodando, Buenaventura, como saliendo de un trance, sin alterar su estar tranquilo y somnoliento, sentenció entre los vapores de su borrachera:

     -Todo el que regresa, antes se había ido –y volvió a su habitual desmayo.

     Cuando Sandalio, el vagabundo de la sonrisa triste, vino con el cuento de que Amador había vuelto acompañado de una india con ojos de gata y caderas de tigresa, Buenaventura parpadeó de nuevo y levantando torpemente su mano derecha con el índice extendido, dijo con su mejor voz de congresista:

     -Indiscutiblemente, a veces… llega alguien.

     Así era Buenaventura Cuerda de la Soga, licenciado en Ciencias Físicas, Químicas y Matemáticas, destinado a acabar con la mitad de las miserias del mundo y echado a perder por una adicción voluntaria al vodka, al vino y al coñac. Nadie en el pueblo supo nunca de sus famas, sus reconocimientos o sus doce Honoris Causa en universidades del mundo. Cuando llegó, hacía casi cuatro lustros, era ya un borrachín sigiloso y ordenado que llegaba a la taberna en la mañana y no salía hasta que Bienvenido le sacaba a empujoncitos después de cerrar.

     Allí se la pasaba, inmerso en su mundo difuso y silencioso, sin hacer ruido ni molestar a nadie, ahogando vaya usted a saber qué penas en una mezcla de alcoholes que tumbaría a un titán. “Beber para olvidar funciona, mis queridos prójimos. Ya no recuerdo qué dolores o vergüenzas quería yo extraviar en estos lares” había contestado una vez que alguien le preguntó sobre su pasado. 

     Era habitual que, de pronto, saliera de sus meditaciones de ebrio y con la pompa que utilizara en sus antiguas conferencias, anunciara a viva voz y sin venir a cuento obviedades enciclopedistas del tipo “vivimos en la víspera de otras vísperas”. Siempre una sola frase, ideas que las musas embriagadas le soplaban al oído sacándole de sus sueños despiertos. Sin aviso previo, enderezaba un poco su postura, daba un trago para aclararse la voz e indiferente a su audiencia, formulaba sentencias como “Si nada permanece, siempre es la primera vez”, “del derecho o del revés, reconocer es lo mismo” o “la vida consiste en no estar muerto”, para volver luego a su mutismo de borracho.

     Cuando Buenaventura hablaba solía hacerse en la taberna un silencio respetuoso y expectante. Luego, terminada la frase, se establecía un debate encendido entre los parroquianos, que siempre se tomaron muy en serio los delirios de su beodo ilustrado.

     El año de las plagas, aquel domingo de Pascua que cayó en miércoles debido a los manejos de Segundino, el padre Anselmo irrumpió a los gritos en La Taberna de Bienvenido seguido por un séquito de huérfanos vestidos de ángel y monjitas impolutas en sus hábitos, recitando versículos sagrados y advirtiendo a los pecadores sobre la ira de Dios y los castigos divinos. Los hombres posaron sus vasos en la barra, ofendidos por aquella afrenta. A ninguno se le hubiera ocurrido por nada del mundo ir a la iglesia con sus negocios de borracho. Aquello era un atropello que rompía con las reglas no escritas de la convivencia entre dos mundos irreconciliables. Todos callaron, y despacio, se giraron hacia Buenaventura concediéndole tácitamente la portavocía. Él carraspeó despertando de su letargo, se colocó bien el sombrero y mirando a ningún sitio dijo como para nadie:

     -¿Dios?... sólo un payaso podría haberme inventado.

     Todos entonces miraron al cura, conteniendo el aliento.

     -Arderás en el infierno, embriagado del demonio. ¡El día que mueras empezará tu penitencia eterna!
     -El día que me muera, me ahorraré una resaca –respondió Buenaventura encogiéndose un poco de hombros. Aquello provocó un estallido de risas y manotazos que hizo bailar vasos y botellas en la barra y en las mesas, espantó a los ángeles huérfanos y puso en desbandada a las monjitas.

     Aquella misma noche, de regreso a casa, Buenaventura sintió unas ganas súbitas de orinar. “Lo que no es de uno, termina por salir”, le comentó a su corbata mientras salía del camino, hurgándose ya la bragueta. Entonces se oyó un ruido sordo, se hizo una luz de origen incierto y se le apareció Dios. Le reconoció en seguida por sus barbas y sus brillos, por la tropa de angelitos y su mirada iracunda.

     -Pero… ¿A quién se le ocurre aparecérsele a un borracho? ¿No se da cuenta de que mañana pensaré que es usted producto del Delirium Tremens? Mea usted fuera del tiesto, caballero –Le dijo al Todopoderoso, y con las mismas, terminada su micción, dio media vuelta y retomó su camino a casa.

     Dios se quedó sin palabras, sorprendido por primera vez en su existir desde siempre. Había venido a revelarle a Buenaventura su verdadero destino de salvar millones de vidas erradicando epidemias y plantando las semillas de una futura paz mundial. Sin saber muy bien qué hacer, le vio alejarse con el vaivén imposible de los borrachos y se le despertó una ternura infinita, divina. “Lo que no se puede, no se puede, ni que seas Dios”, se dijo a sí mismo y, prorrumpiendo en sonoras carcajadas, estrenó una risa dormida desde el principio de las cosas y los tiempos.

     Años antes, una noche que andaba brindando por una de sus penas grandes, Amador cometió el atrevimiento de acercar una silla y sentarse sin permiso a la mesa de Buenaventura. “Encantado de conocerle por fin, Sr. Cuerda, mi nombre es Amador”. Su mano quedó huérfana, extendida en el aire apuntando al corazón de aquel borracho tranquilo que parecía no estar allí. Buenaventura conocía de sobra a Amador y le tenía gran estima, pero nunca le gustó malgastar la vida en palabras que no precisaran ser dichas. Amador, terco como una mula, no se movió esperando alguna reacción. Más de dos horas tardó en romperse la escena:

     -No pretendo ofenderle ni hacerle de menos, mi estimado joven, es sólo que el silencio me concede la infalibilidad –dijo sereno Buenaventura y se tocó el sombrero.

     Amador sonrió cabeceando lentamente. “Disculpe usted mi torpeza, maestro”, respondió devolviendo el saludo y se alejó despacio hacia la barra. Allí susurró algo al oído bueno de Bienvenido y regresó después con una botella del mejor vodka y dos vasos vacíos.

     Aquella noche se emborracharon juntos hasta perder el sentido sin pronunciar palabra. A veces cruzaban una mirada cómplice y sonreían, turnándose para rellenar los vasos. Casi de amanecida, cuando Bienvenido no sabía ya qué hacer con tanto sueño escondido en las ojeras, se levantaron renqueantes, intercambiaron sus sombreros y, siempre en silencio, se fue cada uno a dormir su mona. Desde aquella noche se procesaron una admiración tácita y un cariño profundo.

     A parte de La Taberna de Bienvenido, sólo había dos lugares donde uno podía buscar a Buenaventura con cierto éxito: El lupanar de Angélica, donde no acudía a resolver negocios de amor sino a beber con las putas por variar la compañía de sus borracheras, y los calabozos del cuartel, de donde había que sacarlo cada tanto, cuando le daba por plantarse frente al despacho del Sargento Meléndez a gritar consignas revolucionarias. “No te preocupes, le arrestamos por borracho, no por subversivo. Así se ahorra los interrogatorios y alguna que otra golpiza”, le dijo el sargento a Amador una vez que fue a recogerlo, tras cuatro días de encierro.

     Un miércoles de noviembre faltó a su cita matutina en la taberna. Los parroquianos, al entrar y ver su mesa vacía, alzaban las cejas abriendo mucho los ojos y, mirando luego a Bienvenido, adelantaban un poco el mentón como haciendo una pregunta. El tabernero se limitaba entonces a poner cara de no sé, encogerse un poco de hombros y mostrar sus manos vacías. Apareció al mediodía, hecho un pincel como siempre pero más triste que nunca. Se sentó en su mesa despacio y cuando Bienvenido se acercó con una botella de vino y su vasito vacío, Buenaventura levantó la mano izquierda como parando el tráfico y dijo bajito “hoy no”.

     Nadie bebió aquel día en la taberna. Los hombres se solidarizaron en silencio con la sobriedad de Buenaventura barruntando alguna desgracia. No se jugó dominó ni se trató de política. No hubo bromas ni alborotos. Un rumor impreciso se fue extendiendo por el pueblo. A las diez de la noche todos los hombres de la aldea, salvo el padre Anselmo y la gente de uniforme, estaban allí, serios y mudos, esperando no sabían qué. Entonces se levantó, se retiró el sombrero y citando a un escritor español, con una voz triste que se le desconocía hasta entonces, dijo:

     -La memoria es a veces como un perro tonto, que le tiras un palo y te trae otra cosa –y Luego continuó –Hoy me trajo cenizas de un fuego que creí ya extinto. Un fuego que me arde todavía en las entrañas. Señores, hermanos míos, ha sido un placer y un honor inmerecido gozar de su compañía todos estos años. Nunca sabrán ustedes todo lo que me han enseñado ni el consuelo que han sido para mí. Gracias, caballeros. Ahora, si me permiten. Debo irme.

     Al día siguiente lo encontraron en su casa. Buenaventura Cuerda de la Soga se ahorcó con su cinturón para evitar chascarrillos y dejó un sobre para el juez donde decía:

     -El suicidio es la valentía de los cobardes.

     Después de su entierro en el prado destinado a los suicidas, los apóstatas, y a la gente de dudosa condición, los hombres se reunieron en la taberna a beber en silencio para honrar la memoria de su borracho ilustre durante dos días y tres noches. Cada tanto alguien tomó la palabra para recordar alguna de las frases que les dejara en herencia.

     La mesa de Buenaventura sigue aún en la taberna con una botella de vodka y su vasito a medio llenar, bajo un retrato suyo que colgaron los borrachines de Bienvenido donde se puede leer “No lo sé, pero lo ignoro…”

     Nadie, jamás, volvió a sentarse a aquella mesa.
 

20 Dejaron su rastro:

montse

Se lee con el corazón.Si te decides a publicarlo, dímelo.

montse

Al hecho de hecho un pincel le falta la h muda. Debió caerse cuando lo vio tan arreglado.

Kum*

Jajajaajaja, gracias, Montse, por el aviso, tu cariño y tu buen humor.

Besos borrachos.

montse

Si yo fuera un personaje de tu historia me lo hubiera pasado la mar de bien oyéndole hablar. Filosofía..... Gracias a ti por compartirlo aquí. Ha valido la pena esperar. ¿Esto es lo que no se podía visualizar titulado como Uno más? Hasta ahora lo único que no me gusta es que lo hayas suicidado, me hubiese gustado saber más cosas del personaje. (Si lo de buen humor es por lo de la hache....me pasé un buen rato pensando como podía decirlo con tacto).

Sara NY

Delicioso, Kum, sencillamente delicioso. Por cierto, a lo mejor ya lo has dicho pero no lo recuerdo, ¿cuál es el nombre de este pueblo de habitantes tan singulares, este pequeño Macondo tuyo?
Me encanta cómo escribes. Ya lo sabes.

Besitos.

Kum*

No, Montse, no. Yo no he suicidado a nadie. Detesto la idea del suicidio y pensé que jamás la utilizaría en un cuento. Pero aquí los personajes vienen a mí y hacen de sus vidas lo que les place. Me dejan muy poco margen de actuación.

Lo de "Uno más" es algo que tenía en borrador y que publiqué sin querer por una torpeza de mi dedo corazón. Nada que ver con esto.

Sara, aún no sabemos cómo se llama el pueblo, ni dónde está... ni cuándo. Como ya he dicho, en el mundo de Amador no soy yo quién decide ni bautiza. Soy un mero.

Muchas gracias a las dos por vuestro cariño y vuestro tiempo.

Besos beodos.

Ángeles Sánchez

Este tipo era un vividor con vocación de suicida. Kum*, ya lo sabes, me ha encantado

Abrazos y letras

Kum*

No, vividor no, bebedor. Tal vez no me expliqué bien...

Patricia Nasello

Están los borrachos del montón pero también los hay especiales, como tu personaje.
Con los cuentos igual
Este cuento es especial, querido amigo.

montse

Creo que Ángeles le da otra connotación a la palabra vividor en este caso, Kum. Aunque puedo equivocarme. Vale. Él lo hizo. Tú solo lo escribes porque la musa te escogió. :)

Mon

Y yo aquí, sentada en la fuente de Segundino, desde este lugar se ve lo que no se lee en las letras, pero está...Besos borrachines y soleados.

Malena

Tuyo.
Este texto no podría haberlo escrito nadie mejor que vos (Amador sabe por qué se te presentó en sueños para dictarlo).
Triste, pero no te deja con el corazón estrujado. Con toques de ese humor tan haikumiano.

Ferpecto.

Nicolás Jarque

Kum* que gran regreso al pueblo. Me ha encantado la frase de Buenaventura, tan lógica. A veces los vicios llevan a estas cosas, a perderse.
Un saludo.

Anita Dinamita

Maravilloso Buenaventura, casi podría decir que le conocí y que hay cosas de él que me resuenan en otras personas, pero no lo diré porque realmente no tengo ni idea.
Lo de las ojeras... puf!
Abrazos

Kum*

Gracias, Pati. Es sólo que últimamente las musas no me sacan de este pueblito y sus gentes. Yo encantado... y un poco patidifuso.

Ojo, Mon, no te vaya Segundino a habitar la vida un rato.

Gracias, Malena. Así es. Vienen, les invito a café y me cuentan. A veces, hasta les invito a una copa.

Bienvenido, Nicolás. Yo creo que a Buenaventura no le perdió el vicio, sino una mala digestión de su pasado.

Tú sí que eres maravillosa, con ese explicarte tuyo que no hay quien te entienda y que no deja duda ninguna.

A todastodos, besos beodos de corazón borracho.

Mon

Y qué si me habita un ratito? Total lo hace cuando quiere...y a mi creo que me sienta bien, sólo creo porque cuando llega Segundino pierdo la noción de mis sentires y me voy por los suyos. Y me pasan cosas que no sé explicar cuando se vive en otros. Resumiendo, que esto es un "sinvivir" vivido por dos...o quién sabe si alguno más. Besos multiplicados por mucho.

Torcuato

Me encantó este filósofo de lo evidente, que aunque no lo creamos es lo que menos somos capaces de ver.
Un abrazo Kum

Dany

Estupendo relato Kum. Estupendo. Atrapa y uno quiere indagar en ese personaje hasta saber todo.
Abrazo!

Puck

Llego tan tarde que solo puedo sumarme a los aplausos pero, además, creo firmemente que en este pueblo, todavía sin nombre, todo es posible. Y quizás algún día vuelva de ese terreno dedicado a los suicidas y se siente en su mesa, y se tome unos chatos con otros borrachos.
Saludillos enganchados a este lugar donde los domingos pueden caer en miércoles

Elysa

Yo también llego tarde, pero después de conocer a este personaje es seguro que le seguiré la pista a este pueblo.

Besitos

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