lunes, 17 de octubre de 2011

Cuentos de Amador.

6. La china.























En el albor de los tiempos, mucho antes de la fundación del pueblo, se hablaba ya de una vieja curandera a la que todos se referían como “la extranjera”. Nadie supo nunca dilucidar cuándo llegó ni cómo. A decir verdad, no se sabe si llegó realmente alguna vez o es que, a la sazón, estuvo allí desde siempre. Lo único que parece claro es que la China paseaba ya por el mundo, conocía ya las artes de la hechicería y, además, era ya vieja.
 
     En aquellos entonces nadie se entretenía demasiado en saber quién era cada cual o en preguntar de quién eres. Andaban todos muy atareados asignándole un nombre a cada cosa y estudiando su utilidad o inventando lo que todavía no existía. Había mucho que hacer. En realidad, estaba todo por hacer. Y todo era tan nuevo que incluso el tiempo, las leyes naturales y la existencia misma, se hallaban inmersos en un proceso de ensayo y error que acabaría por determinar el tal por cual de lo que sería después el mundo.

     Mientras los seres consensuaban en interminables asambleas las bases de lo que debía ser corriente o excepcional, los astros buscaban aún sus rumbos definitivos, y así, a veces amanecía la Luna en lugar del Sol y los días y las noches se intercambiaban sin cuento, o se simultaneaban veranos otoñales e inviernos primaverales con estaciones que terminaron perdiendo su nombre por falta de enjundia o de uso. 

    En los tiempos de la fundación, nadie sabía muy bien dónde se encontraba el pueblo. Sólo el albur de unos pasos extraviados en el bosque abría el sendero que llevaba a la plaza. Quien no lo buscara podía encontrarlo, nadie más.

-¡Así nunca prosperaremos! –Declaró desalentado un pionero con afán de modernidad, una tarde de asamblea-. ¡Este pueblo no está en ningún sitio!
-Es al revés, pendejo, este pueblo está en cualquier lugar. ¿Aún no lo habéis entendido? –replicó entonces la China y salió de allí despacio, con su caminar afantasmado, murmurando para sí: “¡Este mundo cada vez está más majadero!”.


     Fue mucho tiempo después cuando, confundiendo progreso con civilización, se decidió hacer un censo y empezaron a abrirse caminos y carreteras para que el autobús de la capital pudiera pasar por el pueblo. Se repartieron los quehaceres, se asignaron los oficios y la aldea fue echando las raíces que acabaron definitivamente con los recuerdos de la Edad Antigua y el pueblo terminó de entrar definitivamente en la Era del Hombre.

     Las estaciones y los astros fueron estableciendo sus ciclos rutinarios y todo empezó a ser normal, a adoptar una apariencia indiferente y previsible. Sólo la China siguió viviendo como se vivía antes, inmersa en un presente eterno donde las prisas y los afanes carecían de sentido y se iban por donde habían llegado. De espaldas a los cambios de los nuevos tiempos, esperando épocas mejores, se dedicaba a sus cosas convencida de que todo aquel revuelo de modernidades, aquellos auges sin meollo, acabarían antes de que fuera demasiado tarde y el mundo volvería a ser como fue.

     Pasaron, sin prisa, las estaciones en el bosque.

     Pasaron, apresurados, los años en la aldea.

     Pasaron, así, las generaciones y los siglos. Todo pasó… menos la China, que absorta en sus magias y sus cocinares se olvidó de morirse y siguió en sus quehaceres.

     Para Belén-Cartularia Sánchez del Índice, hija y nieta de archiveros, aquello empezó a suponer un dolor de cabeza permanente. Muertes, nacimientos, principios y finales, se sucedían en el pueblo bajo su atenta mirada. Era lo natural y así debía de ser. Eso era lo que hacían todos: Nacer y, antes o después, morirse. Todos,… menos la China. El existir desde siempre de aquella vieja indomable le resultaba una incorrección inadmisible, un problema irresoluble, que ponía en evidencia el buen hacer de toda una estirpe de funcionarios del Padrón y deslucía su intachable labor de décadas asentando nombres y corrigiendo inexactitudes en un censo siempre cambiante.

     Una tarde de miércoles Belén no se aguantó más y abordó a la China en el mercado:

     -No soy yo de meterme en la vida de nadie ni me gusta sacar mucho la nariz de mis papeles, pero tengo un problema y sólo tú me puedes dar solución.
     -Habéis tardado, Belén, llevo años esperando vuestra visita –respondió la anciana con su sonrisa de saberlo todo y su mirar desenfocado-. Ya tu abuelo se moría de ganas de venir a reñirme, hasta donde yo sé.
     -Verás, China, en los Registros de la Fundación ya hay referencias que hablan de ti, y a lo largo de los años, en cada censo desde el primero, no sólo sigues estando sino que no cambias de edad, se desconoce tu procedencia… y, sin ofender, no terminas de morirte. Desde la capital ya me han llamado la atención dos veces sobre semejante singularidad, que consideran un error de bulto, algo inadmisible en cualquier censo que se precie. Yo no tengo nada contra ti, China, lo sabes de sobra, pero si no te piensas morir tenemos que hacer algo o terminarán por poner en duda mi trabajo de tantos años. El mío y el de mis antepasados. Ya estoy advertida.
     -Niña de ojos grandes –le dijo entonces la China, metiéndosele por la mirada hasta sus ámbitos más íntimos.- Deberías tocar el violín. Lo llevas escrito en el alma. Te va a hacer mucho bien.

     Belén se quedó perpleja, indefensa ante la percepción de unos anhelos nuevos que surgían con una certeza que desconocía poseer, unos afanes que llevaban ocultos desde siempre entre montañas de folios amarillentos, olores a tinta fresca y el polvo de muchos años. Entonces rompió a llorar.

     -Llora pequeña, deja que salgan las penas, que se lleven tus pesares. Luego te limpias los mocos y arreglamos esas pendejadas de los licenciaditos de la capital. Todo va a estar bien, ya lo verás… con tus ojos grandes.

     Así fue como acordaron que la China desapareciera una temporada cada tantos años mientras no le diera por morirse. Ella aprovechaba esos destierros para visitar a los seres que emigraron a otras dimensiones cuando el mundo entró de lleno en la aburrida Era del Hombre. A la vuelta, se presentaba en la Oficina del Padrón y la registraban de nuevo con nombres y procedencias que la traían sin cuidado. Para todo el mundo, siempre, siguió siendo la China.

     Al volver de sus ausencias pactadas, lo primero que hacía era bajar a la fuente para hablar con Segundino:

     -El mundo se nos quedó idiota, Segundo, con tanto progreso y tan poca memoria.

     Y se pasaban las horas hablando de aquellos otros tiempos, cuando nada en el pueblo era extraordinario porque nada era normal. Y la China le contaba la historia de aquel señor que vivía una vida viceversa, con el futuro en la memoria y el pasado en la conjetura; la de aquel otro al que le cambiaba la cara cada vez que estornudaba, o la del muchacho que no se reflejaba en los espejos porque en realidad nunca existió.

     -Debiste nacer entonces, Segundino. Hubieras sido uno más y no un fenómeno, como ahora, entre toda esta gente que vive como dormida, mordiéndose la cola en sus círculos viciosos, desconectados de todo, ajenos a sí mismos, atolondrados -le decía la vieja cabeceando.
     -Yo no me quejo, China. Sólo juego las cartas que me tocaron… cuando me toca jugarlas. Ni modo. Además, yo me lo busqué por llegar tarde a vivir mi vida -contestaba entonces él, con su eterno cigarrillo colgando en las afueras de la boca.
 
     La China nunca dormía. Se la podía ver siempre atareada en sus ires y venires indescifrables, del bosque al pueblo, de la fuente al mercado, caminando sobre las aguas del río o de una casa a otra curando verrugas, atendiendo un parto o hablándole a las gallinas para que volvieran a poner. No era extraño, incluso, verla en varios sitios a la vez, con sus pasitos de paloma vieja y su corazón inmortal, devanando sus quehaceres tranquilos que no se acababan nunca.

     Cuando alguien moría en el pueblo, se acostumbraba llevarle a la China recados para el difunto. Todos en la aldea, y en los alrededores, sabían que los muertos recientes visitaban a la vieja a horas intempestivas. Con ellos, con los finados, platicaba largo y quedo consolándoles las nostalgias de la muerte, que son las mismas que las nostalgias de la vida. Seis días después de morirse se iban para no volver.

     -¿Y a dónde se van, China? -Le preguntaba la gente.
     -A donde tienen que irse -Respondía siempre ella.

     No admitió nunca encargos de amores o amarres, ni despachó jamás un mal de ojo. Nada que tuviera que ver con pudrirle el libre albedrío a incauto alguno, podía pedírsele a la China. También en los tiempos de las inundaciones, el año de la sequía o cuando las nevadas grandes, hizo oídos sordos a los ruegos de los vecinos, que hartos de patearse el pueblo detrás del Santo en las procesiones del padre Anselmo, y afónicos de las novenas, recurrían a ella en secreto para que pusiera orden meteorológico:

     -Ustedes no quieren entender. La Madre Tierra tiene sus razones y hay que acatarlas aunque no se comprendan. Ustedes viven de espaldas a la Naturaleza y luego vienen a pedirme lluvias o buenos tiempos, según se les interesa. ¡Eso no se vale, señores, eso no se vale!

     Un atardecer de octubre vio señales en el cielo y a un cuervo maullando cosas de gato. Dejó lo que estaba haciendo, se recostó en su hamaca y se dejó dormir por primera vez en siglos. Entonces soñó con un niño. Un niño que nacía con ganas de cambiar el mundo. Luego el niño se hacía hombre y era un hombre con sombrero y buen corazón que vivía amando la vida y que al final de sus días le haría el amor a la muerte. Despertó desconcertada por la falta de costumbre, como si resucitara después de morirse un rato, y susurró sonriendo:

     -¡Vaya! Tal vez todavía haya esperanza.

     Cuando unos meses después Amador nació riéndose y con los ojos abiertos, la China estaba danzando sobre las aguas del río, agradeciendo a la vida por todas las cosas bellas que nos trae cada mañana y que no sabemos ver porque andamos ocupados en las cosas de este mundo, que se nos quedó cretino de tanto progreso… y tan poca memoria.

     Hay quien dice que la China sigue viviendo en los bosques, con sus negocios de bruja y sus manos torpes de paloma vieja. Dicen también que la China es inmortal, pero si alguien le pregunta ella responde impaciente:

-¡Qué inmortal ni que niño muerto! Es sólo que se me olvida morirme. Con ustedes no hay manera, siguen ustedes sin querer comprender -Y entonces mueve las manos, como espantando a las moscas, y retoma su camino con su tozuda esperanza y su estar afantasmado, recorriendo los inciertos senderos que sólo se encuentran dejándose llevar por el albur de unos pasos extraviados en el bosque.
    
Para mis Montses (Montse y Mon)... porque sí.


17 Dejaron su rastro:

montse

Eres un sol. :)
Me encanta esto:
-Niña de ojos grandes –le dijo entonces la China, metiéndosele por la mirada hasta sus ámbitos más íntimos.- Deberías tocar el violín. Lo llevas escrito en el alma. Te va a hacer mucho bien.

y esto:
No admitió nunca encargos de amores o amarres, ni despachó jamás un mal de ojo. Nada que tuviera que ver con pudrirle el libre albedrío a incauto alguno, podía pedírsele a la China. También en los tiempos de las inundaciones, el año de la sequía o cuando las nevadas grandes, hizo oídos sordos a los ruegos de los vecinos, que hartos de patearse el pueblo detrás del Santo en las procesiones del padre Anselmo, y afónicos de las novenas, recurrían a ella en secreto para que pusiera orden meteorológico:

-Ustedes no quieren entender. La Madre Tierra tiene sus razones y hay que acatarlas aunque no las comprendamos. Ustedes viven de espaldas a la Naturaleza y luego vienen a pedirme lluvias o buenos tiempos, según se les interesa. ¡Eso no se vale, señores, eso no se vale!

Y los recordatorios de La era del hombre....etc.
Unos dignos compañeros para Amador.

Mon

Mmmmm requetegracias guapo!!! Porque sí.
La China se las trae, eh? Leerte es como viajar por lugares mágicos y conocidos a la vez...es una delicia para el corazón, se te pone el alma reluciente, se humedecen los ojos (¡cómo no!) y se dibujan sonrisas...Me encanta este pueblo que no tiene nombre, ni falta que le hace, y su gente, niña de ojos grandes incluida. A mí toda esta gente me conmueve...cualquier día, cuando no me lo proponga saldré a no buscarlo, y ya te contaré.

Kum*

Eeeeeeeeesas son mis chicas :)

Su

Sólo puedo decir "Qué liiiindooooo..."

Lo que lo de la archivera de ojos grandes me recuerda a alguien, y a tí?

Besitos

Kum*

Belén, archivera,... ojos grandes,... no, no caigo. No sé de qué me hablas.

Puck

Me encanta que se le olvide morirse pero que recuerde todas las historias y que cumpla a su manera con la "realidad" marchándose cada cierto tiempo para volver a nacer sin haber nacido ni muerto. Me ha gustado mucho, como todo en este pueblo
saludillos

Elysa

Total, que después de conocer a la China y enamorarme de ella voy a tener que pasear y conocer su lugar en profundidad.

Besitos

Anita Dinamita

Ay, la China como me gusta!!!
Y me encanta ver aparecer a nuevos personajes, sabiendo que antes y después, y durante, los conoceré en profundidad.
Abrazos de siempre

Belén Lorenzo

Ay, qué sabia es la China...! Me encantan tus historias, Kum*, te llevan a otros mundos.
Un abrazo sin mocos.

Kum*

Puck, ya sabes cómo son las viejitas. Se acuerdan del pasado y extravían el presente entre el monedero.

Bienvenida al pueblo, Elysa. Pásate por la plaza, ahí te espera segundino.

Digo yo, Anita, que en este pueblo habrá cartero. Cualquier día de estos... aparece.

Jajajaja... eso, Belén, besos sin mocos.

Besos payasos a todas, desde siempre.

Anónimo

No pienses que me he ido del pueblo,sigo con mucho interés conociendo a todos. Me lo estoy pasando bomba¡¡
Un beso enoooorme.
Oma

Patricia Nasello

Hoy, que estreno casa nueva, vengo a leerte y no concibo regalo mejor. Tomo egoístamente, si me premitís, esta bellísimia historia como señal de buen augurio.

E X T R A O R D I N A R I O!!!!!

Puedo llevármelo a mi cuentoteca?

Ojalá!

Un beso enorme y admirado.

Kum*

Joé, Oma, qué bueno verte otra vez por aquí. Qué bueno saber que sigues en el pueblo...

Mi querida maestra: Ya le dije una vez que puede usted hacer con mis cuentos lo que le plazca. Son suyos. Y un honor.

Besos hechiceros.

Patricia Nasello

Querido amigo, ayer cargué un cuento sin problemas pero hoy blogger me dice que "no identifica la página"
Esperemos que se solucione!
Paciencia y un beso grande

Ángeles Sánchez

Kum*, este cuento es para leerlo despacito y saborear cada detalle, y releerlo otro día cuando las frases en su eterna reorganización aleatoria cuenten otra historia. Un cuento al que se le olvida acabar, como a la China morir. Me lo guardo y me lo pongo.

Un beso.

Anita Dinamita

No sé qué le pasa a la china que aparece y cambia de lugar cuando le da la gana... está claro, ella toma tiempos y lugares a su antojo.
Abrazos payasos ¿o esos eran tuyos?

Lila Biscia

(ahi me lo estoy llevando en papel :) besos de a millones!)

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