miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cuentos de Amador.

7. Jack Landon.



















Llegó a la aldea por azar el día que buscando otro lugar se había extraviado en el bosque. Se enamoró del pueblo y de sus gentes a la primera impresión y quiso recompensarles con los agasajos del progreso, cometiendo el mismo error en el que, tarde o temprano, todos terminamos cayendo: intentar cambiar aquello que nos enamora para poder entenderlo mejor.

     Así y con el tiempo, inauguró una carretera que no iba a ninguna parte, construyó una vieja iglesia cuando nadie sabía aún rezar y descubrió una mina de oro en las montañas del norte, que a veces estaban al sur. Se pasó media vida intentando trazar un mapa de la aldea y sus alrededores que jamás pudo acabar. Nunca consiguió dibujar los contornos de un lugar incierto y cambiante que por aquellos entonces no estaba aún en ningún sitio.

     Se hacía llamar Jack Landon y, a pesar de su juventud, ya había recorrido el mundo unas veintitrés veces en busca de fama y fortuna, o tal vez... viceversa. Arqueólogo apasionado y aventurero empedernido, había explorado selvas y desiertos en los siete continentes, descubierto culturas milenarias que jamás habían existido y fundado ciudades perdidas en los albores del tiempo, pero jamás en sus viajes había conocido un lugar como aquel.

     Tres días después de llegar pidió hablar con las autoridades y la gente se le quedó mirando como el que mira a un niño que no sabe explicarse bien.

     -Pero a ver… ¿usted qué es lo que quiere?
     -Quiero hablar con la Autoridad.
    -Se equivoca usted de lugar, señor. No hay nadie aquí con ese nombre.
     -No, no. Llévenme… con el responsable, con quien decida aquí lo que se hace, cómo se hace, cuándo y por qué.
     -Ah, usted lo que quiere es convocar a la asamblea.

     Y así Jack Landon puso al corriente de sus planes al resto de los vecinos después de espetarles un curriculum de viajes y descubrimientos que les dejó igual que estaban y sumió a la asamblea en un runrún de murmullos y sonrisas de medio lado. Isabelo del Yunque y Zas, el herrero, fue el primero en reaccionar.

     -Entonces, dice usted, señor Lindon, que viene de descubrir tres nuevas islas en los Mares del Sur.
     -Landon, por favor.
     -Y esos mares… al sur de dónde están, si puede saberse –todos rieron, menos Jack.
     -Verán, mi intención es solicitar de ustedes el permiso para trazar un mapa de la zona.
     -¿Un mapa? ¿Y para qué quiere un mapa, si ya está usted aquí? –todos rieron, menos Jack.
     -Pues para qué va a ser, para saber dónde está el pueblo, cómo se llega, cuáles son sus límites, qué hay en los alrededores… –volvieron a estallar las carcajadas entre los vecinos, que ya se palmeaban ruidosamente las piernas o se sujetaban la barriga, mientras alguien gritaba: ¡Hoy si está buena la asamblea!

     A esas alturas, Jack, contagiado del descojone general, ocultaba su risa tras un pañuelo, haciendo como que se le había metido algo en un ojo. Cuando las risas fueron por fin diluyéndose, Isabelo volvió a tomar la palabra con las lágrimas de la guasa corriéndole aún por las mejillas.

     -Verá señor Landen,…
     -¡Landon!,… por favor.
     -… este pueblo está “aquí” –dijo el herrero, señalando con firmeza el suelo-, y para llegar “aquí” no hay más que perderse en el bosque. Son dos cosas que usted ya sabe puesto que ya está usted “aquí”. Qué haya o qué deje de haber en los alrededores… pues depende del día, claro. Ya se irá usted acostumbrando.
     -Pero no se trata de eso. Con un mapa detallado de la zona podría llegar más gente.
     -¿Y… para qué? –preguntaron todos.
     -Podríamos construir carreteras que nos unan a la capital, por ejemplo.
     -¿Y… para qué? –volvió a preguntar el coro.
     -El pueblo crecería, habría más prosperidad, más… ¡modernidad!
     -¿Más… qué?
     -Modernidad,… progreso.

     Los ecos de esas palabras quedaron flotando sobre el silencio de la asamblea. Algunos seguían payaseando, mirándose de reojo, divertidos, mientras otros se dejaban poseer por las maravillas de unas palabras cuyo significado aún desconocían.

 

     La indiferencia de la asamblea ante sus proyectos no hizo mella en su determinación. Después de haber tenido que medrar en sus viajes con la terquedad recalcitrante de los indios invisibles en las Selvas Olvidadas y con la contumaz obstinación de los hombres sin rostro en los Páramos Tristes del sur, Jack se había hecho poco menos que inmune al desaliento.

     Una tarde de miércoles, bajo un sol vertical de medio día, se acercó al río a refrescar el ánimo y espantar la pereza. Con los pantalones arremangados hasta las rodillas y las botas de explorador colgando del cuello, caminaba río arriba dejándose hipnotizar por el llanto de los sauces y las risas de los sapos, cuando algo brillante llamó su atención desde la orilla. Antes de acercarse a aquel fulgor, antes de agacharse y recoger la pepita del fango, Jack sabía ya que acababa de cumplir su sueño más primitivo. Oro.

     Un impulso telúrico le nació de las entrañas. Oro. Una alegría indómita se apoderó de él. Oro. Un grito indomable le recorría por dentro buscando por donde salir... ¡ORO!

     Y justo en ese instante… la vio.

     A poco más de tres metros, parada sobre las aguas del río, la China le observaba con su ojo amarillento, las manos cruzadas sobre el regazo y su leve sonrisa de meter miedo a medio dibujar. La euforia se le atragantó en las tragaderas y un susto de cuento le dejó paralizado. Todo se movía con normalidad. El agua del río corría serena, los árboles se mecían con suavidad como saludando, el tiempo hacía su tictac y los pájaros brincaban de rama en rama indiferentes a su espanto. Todo se movía, menos la China y él.

     Jack sintió que si no rompía aquel momento de alguna manera se iba a morir de puro miedo, así que, sacando valores de donde no los había, saludó intentando no parecer demasiado pavorido:

     -Bu… buenas tatardes, señora –la voz se le desafinó mientras tartamudeaba.
     La China no se inmutó. Sólo su ojo amarillo pareció brillar un poco más.
     -¿Sabe usted dodónde nace este río? –volvió a intentarlo y esta vez la voz le salió un poco más suya.
     -¿Cuál río? –contestó entonces la China con una voz de ultratumba, guiñando un poco los ojos como haciendo puntería.
     -¿pues cual río va a ser?... este río -reviró Jack Landon señalando la corriente y cuando acabó la frase se encontró de pronto en la plaza del pueblo metido hasta las rodillas en la fuente de Segundino, rodeado de lugareños que muriéndose de la risa se palmeaban las piernas o se sujetaban la barriga.
     -¡Parece que el Señor Lindon ya conoció a la China! –se reían mientras él seguía patidifuso, mirando a todos los lados, con una mano en un puño y la otra señalando un río que ya no estaba, intentando comprender cómo demonios había aparecido allí de repente, en un suspiro; intentando, en realidad, no morirse del susto esta vez con todas las de la ley.
     -Pero… yo… había un río… una mujer…
     -Ande, ande, salga usted de ahí no vaya a ser que Segundino le habite el alma y sean ya muchos miedos para la misma tarde –le aconsejó entonces Isabelo cogiéndole por un brazo y sacándole con cuidado paternal de aquella fuente embrujada.

     Sólo cuando todos se fueron, sólo cuando se quedó solo, a buen recaudo en su habitación de la pensión de Don Cobijo, abrió lentamente el puño y la euforia le volvió a poseer. La pepita seguía en su mano. A pesar de lo irreal, de lo incierto de las cosas de aquel pueblo… el oro seguía allí, el oro existía.

     Entonces empezó a explorar el río en secreto y a diario, y terminó convocando una nueva asamblea. Cuando preguntó cómo se llamaba el río, le contestaron que “río”, sin entender muy bien qué clase de pregunta era aquella. Cuando preguntó dónde nacía, le contestaron que depende, ya todos muertos de la risa, pasándoselo otra vez bomba con las extravagancias de aquel extranjero tan ocurrente y extraño.

     El propio Jack pudo constatar en sus paseos, que el río nacía unos días en las montañas del norte, otros en los pantanos del sur y a veces simplemente aparecía en el bosque por detrás de alguna piedra. Los miércoles, sencillamente, no había río.

     Con todo y eso, consiguió dar con la veta en unas cuevas de las montañas del norte y empezó a explotarla con el beneplácito de una asamblea desternillada de risa en la que los vecinos se tomaron aquello como otra de las locuras inocentes del Señor “Lendon”. Jack, en agradecimiento, financió la construcción de una iglesia sin cura que con el tiempo terminó siendo refugio de palomas y murciélagos. Los lugareños la visitaron el día de la inauguración y no supieron muy bien qué hacer allí dentro, así que se olvidaron muy pronto de ella. Sólo una vez volvieron a entrar para bajar de la cruz a aquel pobre señor, tan maltrecho y ensangrentado, cuyo sufrimiento no les dejaba dormir por las noches. Le curaron las heridas, le lavaron a conciencia y lo acostaron en un colchón donde reposó plácidamente hasta muchos años después, hasta el día en que el Padre Anselmo llegó de improviso al pueblo.

     Jack necesitó poco tiempo para darse cuenta de que la suya no era tampoco una mina normal. A veces la perdía y tardaba días en volver a encontrarla porque las cuevas cambiaban de lugar. Por otro lado, la mina daba oro los lunes, plata los martes y jueves, y cobre los fines de semana. Los miércoles, claro, no había mina.

     Con el paso de los años atesoró una fortuna ganada a golpe de pico, pala y soledades. Se acostumbró a hablar con su sombra y fue exilándose de todo en la clausura de un patrimonio que de nada le servía en aquel pueblo de locos. Poco a poco el aislamiento y la avaricia le fueron carcomiendo el talante y una tarde de tertulia en la taberna de Bienvenido le preguntó a su amigo Isabelo por qué demonios nadie en el pueblo recordaba bien su nombre. El herrero tardó en contestar.

     -Quién sabe, señor Landen, a lo peor no termina usted de existir del todo.

     Aquella respuesta se le hizo obsesión y al poco se descubrió mirándose en los espejos con el susto de no encontrarse. Una mañana de agosto, se levantó más temprano que de costumbre, recogió sus cosas y, sin despedirse de nadie, se fue por la carretera que él mismo construyera años atrás y que no llevaba a ninguna parte.

     Jack Landon no llegó a percatarse jamás de la simpatía que despertó en el pueblo, tan atareado como estuvo siempre en descubrir lo que ya todos sabían, en preguntar lo que a nadie le importaba o en sacarle con sudor y sacrificio a la montaña lo que la montaña quiso siempre regalarle. Muchos años después, en los tiempos de Amador, aún se podía oír a los más viejos decir que “nunca hubo asambleas tan divertidas como aquellas del Señor Lindon”, y se morían de la risa contándose una vez más las aventuras de Jack en las islas de aquellos Mares del Sur, al sur de quién sabe dónde, y los cuentos de su río, de su mapa, de su iglesia y de la casa que, de un día para otro, dejó abandonada y triste con todos los espejos rotos.

13 Dejaron su rastro:

montse

Qué sorpresa!!!!!!!!!!!
Esto va a personaje por capítulo....Me ha gustado mucho. Ese "claro" que normaliza el hecho de que los miércoles no hay río... Lo que se lee entre líneas, también. Si alguna vez materializas esto en papel dímelo.

Elysa

Pues yo ya estoy gratamente establecida en este pueblo y de aquí no me sacan ni a tiros, pero no, para qué se van a molestar si de vez en cuando me transparento y soy una habitante más. ¡Ja! qué bien me lo he pasado.

Besitos

Patricia Nasello

Qué precioso, Kum*

Sólo a un payaso amable y buen amigo si los hay, se le podía ocurrir esta historia tan bella.
Tu narración merece un estudio y no estas pocas palabras: sencilla y profunda, prosa como versos, versos que simulan ser prosa.
Con todo mi cariño van estos...
aplausos admirados!!!!!!!

Puck

Los miércoles tienen magia igual que tus historias. Igual que este pueblo en el que ya me he empadronado, que lo sepas. Sin que nadie me viera he plantado un árbol de los jardines y he lanzado al río un cubo de agua de mi charca. Ya no podrás echarme de aquí jeje. Bueno, que solo quería decir que me encanta y una vez más me he perdido en tus palabras como en ese bosque.
Un abrazo fuerte

Octavius Bot

Me encantó, como los otros, me hago asiduo. Le leo pronto.

Un abrazo

Octavius Bot

Maite

Buenísimo!!! me ha encantado. Esta frase es genial "intentar cambiar aquello que nos enamora para poder entenderlo mejor." Y el diálogo entre Jack Landon y la Asamblea desternillante y lleno de una filosofía y una inteligencia aplastantes. Me quedo con ganas de más, ese bosque esconde muchas historias, y yo las quiero conocer, a pesar de no tener mapa, espero perderme y llegar.

Anita Dinamita

Me hubiera gustado decírtelo antes, a las 2 de la mañana, por ejemplo, pero no me oirías: me encanta tu casa, tu pueblo y tú.
Me encantan las risas de agarrarse la barriga y palmearse las piernas, me encanta la lógica asamblearia y me encanta que escribas tan largo. Lo único es que me gustaría tener todas estas historias en un libro para poder leerlas en la cama.
Un abrazo de miércoles, tu sabes.

Kum*

Montse, parece que poco a poco iremos conociendo a todos los vecinos de este pueblo de locos.

Sea usted muy bienvenida, mi querida Elysa, a este pueblo donde usted encajará ferpectamente si le da por transparentarse de vez en cuando.

Sus aplausos quedan haciendo eco en mi perplejidad, mi querida maestra. Sabe usted que el cariño es mutuo.

Puck, la esperábamos en el pueblo. Ya en la asamblea me preguntaban por usted. Qué bueno que ya está aquí.

Abrazos de vuelta, Señor Octuvios, se le quiere, ya lo sabe.

También yo me reí mucho escribiendo esta historia, Maite. Terminé palmeándome las piernas y sujetándome la barriga. Palabra.

Yo sé, Ana, que no sé nada.

Los miércoles son los días en que me pasan las cosas. Desde siempre. Nací un miércoles.

No deja de sorprenderme que a gente tan ilustre les enamoren mis payasadas.

Gracias a todastodos, sobre todo por vuestro cariño.

Besos payasos.

Humberto Dib

En tu humor hay mucho de filosofía, de la mejor...
Me gusta que no te acoten las reglas de lo breve en los blogs, no sé si ya te lo dije.
Un abrazo.
HD

Aurora

Hola. Andaba perdida en el bosque y aparecí en su pueblo. Si no tiene inconveniente, yo también me instalaré de manera indefinida.

Kum*

Humberto, sé que un blog suele ser para textos más cortos, pero no me da la gana meterle tijera a los cuentos. Sé que pierdo lectores, pero... eso no es lo importante, no?

Bienvenida, Aurora, con todo y ácaros :)

Besos a las dos. Payasos, claro.

Blogboreta

A veces leerte es simplemente fascinante, comentar sobra. Te dejo mi sonrisa, mis besos y yo me voy paladeando el post. Es de los que dejan poso, del bueno. :* :*

Mon

Estas verdades y bellezas solo pueden contarlas personas que llevan la magia en sus ojos, capaces de ver lo invisible y de sentir las vidas de otras personas. Gracias payaso güerito y guapo, por tu magia y tu realidad.

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